domingo, 24 de mayo de 2009

Teoría de la elección pública (parte I)


The Theory of Committees and Elections, de Duncan Black en 1958, comienza una corriente de estudio a partir de las teorías de varios matemáticos del siglo XVIII sobre los procesos de votación.


Dicha teoría analiza la política aplicada por los gobiernos en estados democráticos para tener en cuenta la opinión de los votantes, partiendo de la idea de que los políticos, los burocrátas y los funcionarios en general actúan en función de sus propios intereses, aunque ha demostrado mediante modelos y contrastaciones empíricas que no es así.


El supuesto de todos iguales no aplica en los modelos de elección pública, por lo que no existe un votante representativo. Los individuos (votantes) difieren en la cantidad y calidad de información de que disponen según su profesión y escala social, lo que sesga sus preferencias y opiniones. Incluso la clase política padece este grado de imperfección en la información de que dispone.


Partiendo de esta imperfección y sesgo en la información de que se dispone, lo que condiciona que no todos seamos iguales y por tanto no exista un votante representativo, hace que el político no cuestione las preferencias del público sino que intente adaptarse a ellas para conseguir el máximo rendimiento, y, cuándo estas preferencias son moldeables, intente manejarlas controlando la poca información que los votantes procesan.


Mediante algunos descubrimientos sobre las propiedades de los sistemas de votación, la teoría de la elección pública ha concluido que no es cierto que el resultado de las votaciones sea reflejo de la voluntad popular, y que quien controla la agenda política puede controlar el resultado de la votación.


La paradoja de la votación


Un individuo concreto al que se le presente un conjunto de opciones sabría cuáles elegir y en qué orden puesto que tiene las mismas ordenadas de manera clara y coherente, según el principio de racionalidad de los individuos. No así sucede con grupos heterogéneos de individuos, considerándolos como un todo, que darían muestras de incoherencia e irracionalidad según el orden en que se les presentasen dichas opciones, ya que no conservan la racionalidad y ordenación coherente de los individuos.


Esto viene explicado por la paradoja de la votación, introducida por el matemático Nicolas de Condorcet, similar al Teorema de Imposibilidad de Arrow, y que de manera resumida se muestra a continuación (ver enlaces para ampliar información y ver demostraciones matemáticas completas):


Si se somete a referendo una consulta determinada con tres opciones, supongamos referentes a una determinada decisión de gasto público:


  • A: Construir más autopistas

  • B: Aumentar las pensiones de los jubilados

  • C: Mejorar la política cultural y educativa


Supongamos tres grupos de votantes con sus preferencias ordenadas de mayor a menor:


  • Grupo 1: A > B > C

  • Grupo 2: B > C > A

  • Grupo 3: C > A > B


Vamos a responder a la pregunta ¿qué desean los votantes?


De momento tenemos un empate con A y C, por lo que eliminamos una opción para ver cómo se resuelve el mismo. Eliminando la opción C se elegiría A porque el primer y tercer grupo prefieren A sobre B. En cambio si eliminamos A se elegiría B, lo que apunta a que la comunidad global tiene las siguientes preferencias: A > B y B > C, pero aún no conocemos la relación entre A y C.


Por la propiedad transitiva de las matemáticas se debería tener claro que se prefiere A sobre C, pero esta propiedad propia del comportamiento racional del individuo, no se cumple en grupos heterogéneos, y queda demostrado si eliminamos B, lo que hará que la opción ganadora sea la C, lo que da la visión de irracionalidad de las decisiones grupales.


El sencillo ejemplo anterior, basado en complejas teorías matemáticas, muestra claramente por qué a veces nos quedamos sorprendidos con decisiones grupales que a priori parecerían imposibles. También muestra el camino inverso, es decir, cómo con un conocimiento profundo de estas teorías, falta de ética y talante político se puede manejar a las masas y hacer que se tomen decisiones de manera grupal que individualmente sería imposible que se tomasen.


En la siguiente entrega del artículo se tratará el Teorema del Votante Medio (en realidad mediano), que arrojará más luz sobre cómo funcionan las agendas políticas, cómo se consiguen los votos y por qué se tiende a agrupar el grueso de los votantes en torno a dos grupos políticos (de manera general, no únicamente en España) que entremezclan sus ideologías políticas y sus actuaciones económico-sociales.

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